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LA ORACION - ANTONIO AMADO - CHARLA 4

Fecha: 07/11/2025

260 SAN JUAN CRISOSTOMO 

Por la oración se alcanza la felicidad 

1. Por dos razones conviene que admiremos a los siervOS de Dios y los reputemos felices: porque pusieron la esperanza de su salvación en las santas oraciones, y porque conservando por escrito los himnos y adoraciones, que con temor y gozo tributaron a Dios, nos transmitieron también a nosotros su tesoro, para poder arrastrar a su imitación a la posteridad. Porque es natural que pasen a los discípulos las costumbres de los maestros, y que los discípulos de los profetas brillen como imitadores de justicia, de suerte que en todo tiempo meditemos, roguemos, adoremos a Dios, y ésta tengamos por nuestra vida,' ésta por nuestra salud y alegría, éste por el colmo y término de topos nuestros bienes, el rogar a Dios con el alma pura e incontamina- da. Porque como a los cuerpos da luz el sol, así al alma la oración. Si, pues, para un ciego es grave daño el no ver el sol, ¿qué clase de daño será para un cristiano el no orar constantemente, e introducir en el alma por la oración la lumbre de Cristo? 

 

 Excelsa dignidad del hombre que ora 

 

 2. ¿Quién hay que no se espante y admire del amor que Dios manifiesta a los hombres cuando libremente les concede tan grande honor que no se desdeña de escuchar sus preces y trabar con ellos conversación amigable? Pues no con otro, sino con el mismo Dios hablamos en el tiempo de la oración, por medio de la cual nos unimos con los ángeles y nos separamos inmensamente de lo que hay en nosotros común con los brutos irracionales. Que de ángeles es propia la oración, y aun sobrepuja a su dignidad, puesto que mejor que la dignidad angélica es hablar con Dios. Y que como digo, sea mejor, ellos mismos nos lo enseñan al ofrecer a Dios nuestras súplicas con gran temor (Ap. 5, 8), haciéndonos ver y aprender de este modo que es razón que cuantos se acercan a Dios, lo hagan con gozo sí, pero también con temor. Con temor, temblando no seamos dig- nos de la oración, y llenos al mismo tiempo de gozo por la grandeza del honor recibido. Pues de tal extraña y singular provi- dencia se reputa el género humano, que podemos gozar continuamente de la conversación con Dios, por medio de la cual, hata dejamos de ser mortales y caducos; pues mientras por una parte permanecemos mortales por naturaleza, por la otra, con la oración y conversación con Dios nos trasladamos a una vida inmortal. En efecto: es necesario que quien conversa con Dios llegue a ser superior a la muerte y a toda corrupción; y así como es absolutamente precido que quien goza de los rayos del sol esté alejado de las tinieblas, del mismo modo es necesario que quien distruta del trato divino no sea ya mortal, porque la misma grandeza del honor le traspasa a la inmortalidad. Pues si es imposible que los que hablan con el emperador y son de él estimados sean pobres, muchísimo más lo es que los que ruegan a Dios y le hablan tengan almas expuestas a la muerte. 

 

 

La oración es la fuente y origen de la virtud

 

3. Pues la muerte de las almas es la impiedad y la vida sin ley; como al contrario, su vida es el servicio de Dios y el modo de obrar conforme a El. Cierto es que la vida santa y conforme al servicio de Dios, claro está que la oración la produce y maravillosamente la guarda como un tesoro en nuestras almas. Porque sea que nno ame la virginidad, sea que se esfuerce por guardar la moderación propia del matrimonio, o por superar la ira, o por familiari- zarse con la mansedumbre, o por vencer la envidia, o por cumplir cualquier otro deber, teniendo por guía a la oración que le vaya allando la senda del modo de vivir que haya escogido, hallará expedita y fácil la carrera de la piedad. 

Nos conviene obedecer a Dios 

 

 4. Porque no es posible, no, que los que piden a Dios el don de la templanza, de la justicia,  de la mansedumbre, de la virginidad, no consigan lo que piden. Porque, "pedid, dice, y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama a la puerta se 'le abrirá” (Mt. 7; Lc. 11).  Y aun añadió de nuevo: ¿Quién de vosotros hay,que si su hijo le pide pan, le dé una piedra, ¿O si le pide un pez le dé una serpiente? ¿O si le pide un huevo le dé un escorpión? Pues si vosotros siendo malos sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre del cielo dará el Espíritu bueno a los que se lo pidan? (Ibíd). Con tales palabras nos exhortó a la oración el Señor de todo lo creado, y a nosotros nos conviene vivir siempre obe- dientes a Dios, ofreciéndole himnos de alabanza y oraciones con mayor cuidado del culto divino que de nuestra propia alma; porque así podremos vivir siempre una vida digna de hombres. Porque el que no ruega a Dios, ni ansía gozar cons- tantemente de la divina conversación, está muerto y sin alma, y no tiene del todo sano el juicio; porque ésta es la mayor señal de insensatez: el no conocer la grandeza de este honor, ni amar la oración, ni tener por muerte del alma el no pos- trarse delante de Dios. 

 

 La oración es la vida del alma

 

 Pues claro está que así como a este nuestro cuerpo, cuando le falta el alma queda fétido, así cuando el alma no se mueve a sí misma a la oración, muerta está ya, miserable y corrompida.

 5. Y que se deba tener por más acervo que cualquier muerte el verse privado de la oración, hermosamente nos lo enseña el gran profeta Daniel,al elegir antes la muerte que estar por sólo tres días privado de la oración; pues no le mandó el rey de los persas cometer ninguna impiedad, sino quiso ver tan sólo si en el espacio de tres (treinta?) días se hallaba alguno que pidiese nada a ninguno de los dioses, si no era al mismo rey (Dan. 4). Porque si Dios no se inclina hacia nosotros, ningún bien descenderá a nuestras almas; pero el inclinarse Dios a nosotros maravillosamente olvidará nuestros trabajos, si nos ve amar la oración y rogar constantemente a su Majestad, y tener puesta nuestra esperanza en que allí han de descender a nosotros todos los bienes. 

 

 

 

 Amar la oración es señal de perfección 

 

6.  Por esto, cuando veo a alguno que no ama la oración, y que no siente hacia ella un afecto encendido y vehemente, ya para mí es cosa manifiesta que el tal no abriga en su alma nada de grande y generoso; pero cuando veo a uno que no se harta dar culto a Dios, y juzga el no orar continuamente por el mayor de los daños, conjeturo que el tal es un fiel y firme practicador de todas las virtudes, y templo de Dios. Porque si el vestido del hombre, y el caminar de sus pies, y la risa de sus dientes dicen ya quién es, según el sabio Salomón (Ecle. 19, 27), mucho más la oración y culto de Dios es señal de toda justicia, siendo, como es, una vestidura espiritual y divina, que presta a nuestras mentes mucha hermosura y belleza, modera la vida de cada uno, no permite que nada malo ni impertinente se apodere del alma, y nos persuade que reverenciemos a Dios y estimemos el honor que nos concede, nos enseña a arrojar lejos de nosotros todas las seducciones del malvado (enemigo), desecha todos los pensamientos torpes y necios y hace a nuestras almas despreciadoras del deleite. Porque éste es el único orgullo que conviene a los adoradores de Cristo, el no ser esclavos de nada torpe, sino conservar el ánimo en libertad y vida inmaculada. Y que sin la oración sea imposible pasar y terminar virtuosamente la vida, creo verdad a todos manifiesta. Porque, ¿cómo habrá de ejercitar la virtud, no acudiendo y rindiendo adoración constantemente al suministrador y dador de ella? Y ¿cómo habrá de desear uno ser templado y justo, no conversando dulcemente con el que de nosotros pide esto y mucho más?

 

 La oración nos alcanza el perdón de los pecados

 

 7. Y ahora quiero brevémente demostraros que, aunque al orar estemos llenos de pecados, la oración nos limpiará de ellos en breve. Porque. ¿qué cosa puede haber o mayor o más divina que la oración, que no parece sino un contravenero para los que tienen el alma enferma?

Los ninivitas son los primeros que se nos presentan absueltos, por medio de la oración, de muchos pecados contra Dios; porque una misma cosa fue apoderarse de ellos la oración, y hacerlos justos, y corregir al punto la ciudad hecha ya a la liviandad, y a la maldad, y a la vida sin freno, venciendo la antigua costumbre, llenando la ciudad de leyes celestiales, y llevando consigo la templanza, y la caridad, y la mansedumbre, y el cui- dado de los pobres; porque no sufre habitar en las almas sin estas virtudes; antes cualquier alma en que reside, la llena de toda justicia, adiestrándola para la virtud, y expulsando de ella la maldad. Cierto, que, si entonces hubiera entrado en la ciudad de Nínive alguno que la conociera bien deantes, no-la reconocеría: ¡tan repentino fue el salto que dio del vicio a la virtud! Así como a una mujer pobre y vilmente vestida, no la reсоnocería uno si la viera después adornada con vestiduras de oro, así, quien viera primero aquella ciudad mendigando y vacía de tesoros espirituales, la desconocería por completo, después que de tal suerte logró transformar la oración, dirigiendo a la virtud sus costumbres y vida viciosa. Hubo asimismo una mujer que, habiendo empleado todo el tiempo en la intemperancia y lascivia, apenas se postró a los pies de Cristo cuando alcanzó la salvación (Lc. 7, 37).

 

La oración nos defiende de todo peligro

8. Fuera de esto, no solamente limpia la oración el alma de pecados, sino que además aleja de muchos peligros. Así es que aquel rey y al mismo tiempo profeta admirable David ahuyentó con la oración muchas y temibles guerras, poniendo este solo resguardo para el ejército, y logrando de este modo para sus soldadosjuntamente la paz y la victoria. Así como otros reyes suelen poner la esperanza de su salvación en la pericia de los militares, en el arte de la guerra, en los saeteros, en los soldados de a pie y de a caballo; así el admirable David rodeó a su ejército por toda defensa con la muralla de la oración; ni reparaba en el valor de los generales, tribunos y centuriones; antes sin recoger dinero, sin preparar armas, lograba con la oración las armas del cielo.

Porque verdaderamente es armadura celestial la oración que se derrama ante Dios, y es la única que defiende por completo a los que se ponen en sus divinas manos. Puesto que la robustez y pericia de la infantería, y la práctica de los saeteros, y la destreza en sorprender al enemigo, muchas veces quedan fallidas y frustradas, o por los lances de la guerra, o por la seguridad de los adversarios, o por otras muchas causas. Pero la oración es armadura inexpugnable y segurísima, y nunca hace traición, y tan fácilmente rechaza a un enemigo como a innumerables millares. En efecto, el admirable David, de quien acabamos de hablar, cuando se lanzó sobre él como un formidable demonio, aquel gigante Goliat (1 Rey. 7), le derribó, no con armas y espadas, sino con oraciones; tan poderosa arma es la oración para los reyes en las batallas contra los enemigos. Pues bien; el mismo poder tiene para nosotros esta arma contra los demonios... Y que al alma pecadora fácilmente purifica la oración, nos lo demuestra el publicano que pidió a Dios la remisión de sus culpas y la consiguió; nos lo demuestra el leproso que apenas se postró ante Dios, cuando quedó limpio, que si Dios curó al punto al que tenía corrupción en su cuerpo, ¿cuánto más benignamente dará la salud a un alma enferma? Porque cuanto el alma es más que el cuerpo, tanto es más conforme que Dios muestre mayor cuidado de ella. Mil otras cosas se podrían decir, tanto de las historias antiguas como modernas, si se pretendiera enumerar a todos los que por la oración han sido salvos.

 

La oración es la raíz y base de todo

9. Pero quizá alguno de los más perezosos y de los que no quieren orar con cuidado y empeño, se persuadirá que Dios dijo también aquellas palabras: No todo el que dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hiciera la voluntad de mi Padre que está en los cielos (Mt. 7, 21). Cierto, si yo juzgara que la oración por sí sola basta para nuestra salvación, con razón podría alguno hacer uso contra mí de esas palabras; pero diciendo, como digo, que la oración es como la cabeza de todos los bienes, y fundamento y raíz de una vida provechosa, nadie por pretexto de su  pereza se defienda con semejantes palabras. Porque ni solo la intemperancia puede salvarnos sin los otros bienes, ni el cuidado de los pobres, ni la bondad, ni cosa alguna de las que se pueden desear: sino que conviene que todas juntas entren en nuestras almas; pero la oración está debajo de todas como raíz y base; y así como a una nave y a una casa, las partes que estan debajo, la consolidan y sostienen, de la misma manera las oraciones fortalecen nuestra vida, y sin ellas nada habría en nosotros de bueno y saludable. Por eso San Pablo nos urge constantemente exhortándonos y diciéndonos: Perseverad en la oración, velando en ella en acción de gracias (Col. 4, 2); y en otro lugar: Orad sin intermisión dando gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios (1 Tes. 5, 17-18). Y en otra parte de nuevo: Orad en toda ocasión en espíritu, velando en él con toda perseverancia y súplicas (Ef. 6, 18). Con tantas y tan divinas voces nos exhortaba a la oración continuamente aquel caudillo de los apóstoles.

 

Tengamos todos los días varios ratos de oración

10. Conviene, pues, que amaestrados por él pasemos la vida en oración, y demos continuamente este riego a nuestras almas, pues no menos necesitamos de la oración los hombres que del agua los árboles; porque ni éstos pueden producir sus frutos si no beben por las raíces, ni nosotros podremos dar los preciosísimos frutos de la piedad si no recibimos el riego de la oración. Conviene, pues, que al levantarnos del lecho, nos adelantemos siempre al sol en dar culto a Dios, y que al sentarnos a la mesa y al irnos a acostar, y mejor todavía cada hora, ofrezcamos a Dios una oración, y corramos de esta manera la misma carrera que el día; y que en tiempo de invierno empleemos la mayor parte de la noche en oraciones, y doblando las rodillas, con gran temor instemos en la oración, y nos juzguemos felices en dar culto a Dios. Dime: ¿cómo verás al sol sin adorar al que envía a tus ojos su dulcísima lumbre? ¿Cómo difrutarás de la mesa, sin adorar al que te da y regala tantos bienes? ¿Con qué esperanza llegarás al tiempo de la noche? ¿Con qué sueños ños piensas ocuparte, no amurallándote con la oración, y yendo a dormir desprevenido?

 

Sólo por la oración venceremos a los demonios

11. Despreciable y fácil presa parecerás a los demonios que andan siempre alrededor acechando una ocasión en nuestro daño, y mirando a quién podrán hallar privado de la oración, para enseguida arrebatarle. Pero si nos vieren defendidos con oraciones, huyen al punto, como los ladrones y malvados cuando ven pender sobre sus cabezas la espada del soldado. Pero quien se encuentra desnudo de la oración, arrabatado por los demonios, es arrastrado y empujado a los pecados y calamidades y todo mal. Conviene, pues, que nosotros, temerosos de tan grave daño, siempre nos defendamos con himnos y oraciones, para que compadecido Dios de todos, nos haga dignos del reino de los cielos por su Hijo Unigénito, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén (Hom. 1.ª sobre la oración).

 

La oración vence cualquier pecado

12. No hay pecado alguno que no ceda y se rinda a la fuerza de la penitencia, o por mejor decir, a la gracia de Cristo. Con sólo que nos convirtamos, ya le tenemos a El por nuestro ayudador; y si quieres hacerte bueno no hay quien te lo impida: si bien hay quien te impida, Satanás; peroro con tal que tú escojas el bien y de ese modo te concilies el favor de Dios, nada puede contigo. Pero si tú no quieres, sino que te vuelves atrás, ¿cómo te ha de proteger? Pues no quiere que te salves a la fuerza y con violencia, sino voluntariamente. Si tú mismo, caso que tuvieras un esclavo que te aborreciese y tuviera aversión, y continuamente estuviera escapándose y huyendo de ti, no querrías tenerle contigo, y eso necesitanto de su servicio. ¡Cuánto menos querrá tenerte por fuerza Dios, que todo lo hace no por su necesidad, sino por tu salvación! Pero  con sólo que le muestres un poco de buena voluntad, jamás podrá dejarte por más que el diablo haga lo que haga contra ti.

 

Dios quiere ser importunado

13. De suerte que nosotros mismos somos la causa de nuestra perdición. Porque ni acudimos a Dios, ni le interpelamos, ni le rogamos como conviene. Y cuando acudimos a El, no lo hacemos como quien ha de recibir lo que pide, ni con la debida fe, ni como quien exige algo, sino que todo lo hacemos bostezando y con supina dejadez. Y eso que Dios quiere que le exijamos, aun se nos muestra agradecido por ello. Pues El es el único deudor que, cuando se le exige, muestra agradecimiento, y da lo que nosotros no le habíamos prestado. Y si ve al que exige hacerlo con mucha insistencia, paga aun lo que no recibió de nosotros. Pero si lo ve perezoso, El también difiere el dar, no porque no quiera dar, sino porque gusta que nosotros se lo exijamos. Por eso nos propuso el Señor el ejemplo de aquel amigo que acudió de noche a pedir pan, y el del juez que ni temía a Dios ni tenía respeto a los hombres. Y no paró en los ejemplos, sino que lo mostró en las obras, como cuando despidió a la mujer cananea favorecida y satisfecha con un grande beneficio. Y por medio de ella nos enseñó que a los que se lo exigen con insistencia, concede, incluso, lo que parece no debiera dárseles. Porque "no está bien -dijo- tomar el pan de los hijos y dárselo a los perros". Pero, sin embargo, lo dio, porque ella lo pidió con insistencia. Al contrario, por medio de los judíos nos enseñó que a los perezosos no les da ni aun aquello que les corresponde. Así que ellos, nada recibieron, antes perdieron aun lo suyo. De suerte que éstos por no haber pedido, no recibieron ni aun lo que les pertenecía; y aquélla, en cambio, por haber pedido con insistencia, logró sacar aun lo ajeno; y un perrillo recibió lo de sus hijos. ¡ Tanto es lo que vale la asiduidad!... Aunque seas perro, si eres asiduo, serás preferido al hijo descuidado; pues lo queno logró la amistad, lo obtuvo la insistencia...

14. No digas, pues: "Dios es mi enemigo y no me esuchará". Pronto te dará respuesta si de continuo le molestas: "Hе pecado mucho y no puedo rogar a quien tengo ofendido". Porque Dios no mira la dignidad o merecimiento del que ora, sino tan solamente la intención. Porque si a aquel poderoso que ni temía a Dios, ni hacía caso de los hombres, logró doblegar la viuda: ¡cuánto más podrá mover al Bueno por naturaleza la súplica no interrumpida! Por tanto, aunque no seas su amigo, aunque exijas lo que no se te debe, aunque hayas consumido el patrimonio y estado mucho tiempo ausente de la vista de tu Padre, aunque estés deshonrado y seas el desecho del mundo, aunque tengas irritado, aunque tengas indignado a Aquel a quien acudes: quiérelo, que te basta querer rogarle y volverte a El para que tdo lo recobres y apagues al punto toda su indignación y justicia contra ti.

 

Si no consigues lo que pides, es por falta de insistencia

15. "Pero el caso es -dice uno- que yo ruego y no aprovecho". Porque no ruegas como ellos; como la cananea; como el amigo que llegó a deshora de la noche; como la viuda que importunaba continuamente al juez; como el hijo que había consumido el patrimonio. Porque si así rogaras, pronto conseguirías lo que pides. Porque Dios, aunque ultrajado es Padre; aunque irritado, ama a sus hijos; y sólo una cosa pretende: no tener que exigir justicia de sus afrentas, sino verte arrepentido y suplicante. ¡Ojalá también nosotros ardiéramos de la manera que aquellas sus entrañas se conmueven por nuestro amor! Sino que aquel fuego sólo busca una ocasión; pues con tal que tú le presentes una chispita, al punto enciendes una gran llamarada de No beneficios. por haber sido ultrajado se indigna, sino porque eres tú precisamente quien le ofendes, y estás fuera de seso como tomado del vino. Porque si nosotros, que somos malos, cuando nos ofrende los hijos, lo sentimos por ellos, ¡mucho más Dios, que en realidad no puede ser ofendido, lo sentirá por ti, que le ofendes! Si así somos nosotros que amamos por naturaleza,  ¿cuánto más El que es amoroso sobre toda la naturaleza? Porque aun cuando la mujer -dice la Escritura- se olvidare del hijo de sus entrañas, yo no me olvidaré de ti, dice el Señor (Is. 49, 15).

 

Imitemos a la cananea

16. Acerquémonos, pues, a El y digámosle: "Bien esta, Señor, que también los perros comen de las migas que caen de la mesa de sus dueños". Acerquémonos con oportunidad e importunidad; por más que nunca podremos acercarnos con importunidad, porque la importunidad está en no acudir continuamente. Porque así como el respirar nunca es importuno, así tampoco el orar, sino que lo importuno es el no orar. Pues como necesitamos de la respiración, así necesitamos de su auxilio, y si lo queremos, fácilmente lo conseguiremos. Y para hacérnoslo ver el profeta y declararnos cómo siempre tenemos a mano sus beneficios, decía: "Le hallaremos preparado como la aurora". Porque cuantas veces acudamos a El, veremos que nos está aguardando. Y si nada sacamos de la fucnte de su bondad, siempre manante, nuestra es por completo la culpa. Esto era lo que echaba en cara a los judíos, diciendo: "Mi misericordia como nube de madrugada". Con lo cual quiere decir: "Yo hice cuanto estaba de mi parte; pero vosotros, a la manera que el sol ardiente dando sobre la niebla y el rocío los disipa y los deshace, por vuestra mucha maldad reprimisteis mi inefable liberalidad. Lo cual a su vez es propio de su providencia: porque cuando nos ve indignos de ser favorecidos, contiene sus beneficios para no hacernos desidiosos. Pero si nos convertimos un poquito, lo suficiente tan sólo para reconocer que pecamos: brota más que todas las fuentes; derrama más que el océano y, cuanto más hubieres recibido, tanto El más se complace, y con eso se prepara para dar más de nuevo. Pues juzga riqueza propia nuestra salvación y el dar con largueza a los que piden, comono lo declaraba San Pablo, diciendo: "Rico para todos y sobre todos los que le invocan" (Rom. 10, 12). Como que cuando no le pedimos es cuando se aíra; y cuando no le pedimos es cuando se aparta de nosotros. Por eso fue pobre, para hacernos a nosotros ricos; por eso sufrió todos aquellos trabajos, para animarnos a pedir... Por tanto: no desconfiemos, antes, teniendo tales motivos y tan buenas esperanzas; aunque pequemos cada día, acudamos a El rogándole, suplicándole, pidiéndole el perdón de los pecados. Pues de esta manera seremos en adelante más difíciles en pecar, y echaremos fuera a Satanás, y excitaremos la misericordia de Dios, y conseguiremos los bienes futuros por gracia y benignidad de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. (Hom. 1.ª sobre la oración) Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá (Mt. 7, 7). Muchas y admirables cosas nos ha mandado el Señor; quiere que estemos por encima de todas las pasiones y nos ha levantado hasta el mismo cielo, ordenándonos que nos esforcemos por asemejarnos no ya sólo a los ángeles, sino, incluso, y en lo que cabe, al Señor mismo de ellos. Y a sus discípulos, no solamente les mandó practicar todas esas cosas, sino que además les insistió que las enseñaran a los demás.

 

Con la oración sus mandamientos resultan faciles

17. Pero para que nadie pudiera decir que sus mandamientos son imposibles de cumplir, les enseñó la forma de hacerlos fáciles, alegando razones suficientes para convencernos de ello. Pero en este caso, el remedio que nos ofrece, toca la cúspide de la facilidad, pues no es un alivio cualquiera, sino la ayuda de la perseverante oración. Porque no basta, nos viene a decir el Señor: no basta con que nos esforcemos nosotros solos; hay que invocar también el auxilio de lo alto, y ese auxilio vendrá infaliblemente y nos asistirá y tomando parte en nuestros combates nos lo hará todo fácil. Por eso no sólo nos mandó pedir, sino que nos garantizó que se nos dará lo que pidiéramos. Pero no nos mandó simplemente pedir, sino pedir con grande perseverancia, insistencia y fervor. Eso es precisamente lo que significa aquel imperativo: "buscad". Porque el que busca, arroja de su pensamiento todo lo demás y sólo piensa en lo que busca, sin que le distraiga nada de cuanto ocurre a su lado. Bien saben lo que digo los que buscan negocios temporales. Eso fue precisamente lo que nos quiso decir el Señor con la palabra "buscar”, y eso lo que nos quiso dar aentender. Mas con la de llamar a la puerta nos indica con qué vehemencia y ardiente espíritu hemos de acercarnos a la oración. ¡Oh, hombre! No te desalientes, pues, ni muestres menos empeño por la virtud que codicia por el dinero. El dinero, mil veces lo has buscado sin encontrarlo, y aun cuando sabes que no lo has de encontrar absolutamente, no dejas piedra por mover para dar con él. Aquí, empero, que tienes promesa infalible de que absolutamente recibirás, no pones ni la mínima parte de aquel empeño que muestras por el dinero. Y, aunque no recibas inmediatamente, no debes desalentarte. Pues por eso precisamente dijo el Señor: "Llamad"; pues quería darte a entender que, aun cuando de pronto no se abra la puerta, hay que seguir dando golpes.

 

Debemos pedir lo que nos conviene

18. Oye lo que dice: ¿Qué padre hay entre vosotros que, si un hijo le pide pan, envez de pan le dé una piedra? (Mt. 7, 9). Cierto que si entre los hombres pides continuamente, se te tendrá por pesado y molesto; pero, tratándose de Dios, cuando le molestas es cuando no le pides; y, si perseveras pidiendo, aun cuando inmediatamente no recibas, recibirás infaliblemente. No puedes decir: ¿Qué voy a hacer, si pido y no recibo? No; no puedes decir eso. Ahí está cerrándote el paso la comparación de que se vale el Señor, con la que no sólo te da razones de confianza por lo que sucede en lo humano, sino que justamente te hace ver que no sólo hay que pedir, sino pedir lo que conviene. Porque, ¿qué padre hay que si su hijo le pide pan le dé una piedra, De manera, que si no recibes, será porque en vez de pan, pides  una piedra. Porque si el hijo te da seguridad de que rercibirás cuando pides lo que te conviene, al contrario, también te garantiza que no puedes recibir cuando pidas lo que no te conviene. No pidas, pues, nada mundano; pide solamente aquellos bienes espirituales que te convienen, e infaliblemente los recibirás. Mira, pues, qué rapidamente consiguió Salomón lo que pedía, cuando pidió lo que le convenía (3 Reg. 3, 5-14). Dos condiciones, pues, ha de tener la oración: pedir insistentemente y pedir lo que se debe. Porque también vosotros los que sois padres -nos viene a decir el Señor- si vuestros hijos os piden algo inconveniente, se lo negáis, así como le concedéis lo que les conviene. Así, pues, considerando estas cosas, no te retires de la oracin hasta que recibas; no la dejes hasta encontrar; no cejes en tu empeño hasta que te abra la puerta. Si con este espíritu te acercas a Dios y le dices: "si no recibo, no me retiro", indefectiblemente recibirás. Eso sí, a condición de que pidas lo que está bien que te dé Aquel a quien se lo pides, y que te convenga a ti que se lo pides.

 

Motivos de confianza

19. No me repliques, pues, que ya has orado y que nada has recibido, porque no es posible hablar de pedir y no recibir, tratándose de Dios, que nos ama tanto que, cuanto la bondad supera a la maldad, así su amor al de todos los padres... Tal es el exceso de amor que Dios nos tiene. Ahí tienes un argumento incontrastable, capaz de levantar las mejores esperanzas al más desalentado... Pues quien fue capaz de entregar a su propio Hijo a la muerte por amor nuestro, ¿cómo no nos dará todo lo que pedimos que vale infinitamente menos? (Rm. 8, 32).

 

La regla de oro

20. Luego, queriendo el Señor enseñarnos que no basta confiar en la oración, si no hacemos lo que está de nuestra parte; ni tampoco basta el propio esfuerzo por sí solo sin la ayuda divi- na,  nos advierte que nos son menester dos cosas: buscar mediante la oración su ayuda, y poner lo que debemos de nuestra Por parte. eso, después de habernos dicho lo que debemos hacer, nos enseñó también cómo debemos orar, y una vez que nos hubo enseñado a orar, nuevamente pasa a decirnos lo que debemos hacer. Luego vuelve a la oración y nos recomienda que sea continua, diciéndonos: "Pedid, buscad, llamad a la puerta"; pero aquí le tenemos otra vez mandándonos que también nosotros nos esforcemos: "Así, pues, dice, todo aquello que vosotros queréis que los hombres hagan con vosotros, hacédselo también vosotros a ellos". Todo nos lo resume aquí compendiosamente, a par que nos hace ver que la virtud es cosa breve, fácil y conocida de todos. Y notad que no dijo simplemente: "Todo lo que queráis", sino: "Ast, pues, todo lo que queráis"... Este "Ast,pues", no se añadió sin motivo, sino que algo se nos quiso dar a entender con ello. Es como si dijera: Si queréis ser oídos, tened mucho cuidado de hacer esto. -¿Qué?- Todo lo que quisiéreis que los hombres hagan con Mirad vosotros... cómo también aquí nos mostró que hay que juntar a la oración la perfección de nuestra obras. Pues no dijo: "Cuanto quieras que haga Dios contigo, hazlo tú con tu prójimo". Porque hubieras dicho: "Dios es Dios y yo soy hombre". Por eso te dijo: "Cuanto quieras que los hombres hagan contigo, hazlo tú con tu prójimo"...(Hm. S. Mateo, 23).

 

Hay que insistir toda la vida

21. Cuando le digo a alguno: "Ruega a Dios, pídele, suplícale", y me responde: "Ya pedí una vez, dos, tres, diez, veinte veces, y nada he recibido". Hermano: no ceses de pedir hasta que hayas recibido; la petición termina cuando se recibe lo pedido; cesa cuando hayas alcanzado. Mejor aún: tampoco entonces ceses, persevera todavía. Mientras no recibas, pide para recibir: y cuando lo hayas conseguido, continúa dando gracias (Homilía, 10).

 

 La oración es la luz del alma

 22. La oración es la luz del alma, verdadero conocimiento de Dios y mediadora entre Dios y los hombres. Por ella nuestro espíritu, elevado hasta el cielo, abraza a Dios con brazos inefables; por ella nuestro espíritu espera el cumplimieneto de sus propios anhelos y recibe unos bienes que superan todo lo natural y visible (Hom. 6, sobre la oración). Si La luz de la oración es la que ilumina nuestra inteligencia. se descuida la oración que alimenta la luz, la inteligencia bien pronto quedará a oscuras (Catena Aurea, vol. IV). Quien te redimió y te creó no quiere que cesen tus oraciones, y desea que alcances por la oración lo que su bondad quiere concederte. Nunca niega sus beneficios a quien los pide, y anima а los que oran a que no se cansen de orar (Catena Aurea, vol. 6). El Señor obligó a los discípulos a subir a la barca y a irse a la otra orilla, mientras El despedía a la muchedumbre. Una vez que la despidió, subió a un monte apartado para orar, y, llegada la noche, El permanecía allí solo (Mt. 14, 22-23).

¿Por qué sube el Señor al monte? -Para enseñarnos que nada hay como la soledad para orar. De ahí la frecuencia con que se retira a lugares solitarios y allí se pasa las noches en oración, para enseñarnos que, para la oración, hemos de buscar la tranquilidad del tiempo y del lugar. El desierto es, en efecto, padre de la tranquilidad, un puerto de calma que nos libra de todos los alborotos.He aquí por qué se retira al monte por las noches... (Hom. 50 sob. S. Mateo).

 

"Tú, cuando quieras orar, entra en tu habitación"

23. ¿Qué nos dice aquí el Señor? Que nos recojamos dentro de nosotros mismos y no andemos divagando por las plazas con nuestro pensamiento. Pues si nosotros, los que rogamos y suplicamos, no nos atendemos a nosotros mismos, ¿con qué derecho pretendemos que nos atienda DioS?... ¿No veis cómo en los palacios reales se evita todo alboroto y reina por todas partes profundo silencio? Tú, pues, que entras  profundísimo se hallan (los pecadores) como dice la Escritura: El pecador, cuando ha llegado al profundo de los males, desprecia, no hace caso. Ved, hermanos, qué abismo sea aquel en que se desprecia a Dios... Pero nuestro Señor Jesucristo, que no despreció nuestros (males) profundos, que se dignó venir hasta esta vida de la tierra, prometiendo la remisión de todos los pecados, también excitó al hombre desde el profundo para que clamase desde allí bajo la mole de sus pecados y llegara su voz hasta Dios. Y ¿de dónde había de salir la voz del (pecador) que clama sino del profundo de los males? (Jn Sal. 129, 8).

 

III. DE LA CONFIANZA EN LA ORACION

Sostienen los Santos Padres y Doctores de la Iglesia, que así como el mérito de la oración está en la caridad; sin embargo, su maravillosa eficacia está en la fe y en la confianza. Estas son las maravillosas promesas del Señor: "Pedid y recibiréis; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide,recibe; quien busca, halla; y a quien llama, se le abre" (Mt.7, 7-8). Y concluye San Agustín: "Cierto que no nos invitaría tanto a que le pidamos, si no nos quisiera dar lo que le pedimos. Avergüéncese la pereza humana, que es mayor el deseo que tiene el Señor de darnos sus beneficios, que el que tenemos nosotros de recibirlos" (Serm. 29). Mayores ganas tiene El de darnos sus gracias, que nosotros de obtenerlas; más quiere El enriquecernos con sus dones y misericordias, que nosotros de vernos libres de nuestras miserias" (Serm. 105). Ya dijo el Sabio: "Jamás ninguno confió en el Señor, que haya quedado confundido" (Ecli. 2, 11). Confianza que hacía exclamar al Santo Rey David: "En ti esperé, Señor mío, y nunca jamás me veré defraudado" (Sal. 30, 1). Y repite el Señor: "En verdad, en verdad os digo, si algo pidiereis al Padre en mi nombre os lo dará" (Jn. 16, 23). Estas palabras que emplea: "En verdad, en verdad os digo", según San Agustin, son un verdadero juramento (In. Jn. Trac. 41, 3). Por lo cual San Pablo nos anima, diciendo: "Queriendo Dios mostrar más claramente la inmutabilidad de su consejo, interpuso juramento; para que a la vista de dos  cosas inmutables (promesa y juramento), en que no es posible que Dios mienta, tengamos este poderosísimo consuelo los que buscamos nuestro apoyo en asirnos en la esperanza que se nos ha propuesto" (Heb. 6, 17-18). Por lo cual, se pregunta San Agustín: “¿Quién puede temer ser engañado cuando el que promete es la misma verdad?" (Const. lib. 12 c. 1). Y el Santo vuelve a preguntar: ¿Es acaso Dios un vil engañador que se compromete a librarnos de los peligros si se lo pedimos, y luego si acudimos a El nos deja abandonados al haberpuesto en El nuestraconfianza? ¡Lejos de nosotros el pensar tal cosa de El! (De Erudit. Princ. lib. 2 c. 5).

 

54. Atendamos a lo que nos dice el buen Maestro, que enseña y da: Pedir, y recibiréis buscad y encontraréis; lamad, y se os abrirá. También poco después, dice: Si vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre, que está en los cielos, dará bienes a los que se los pidan? (Mt. 7, 7-11). Con esto declara abiertamente que lo que había dicho: Pedid, llamad y buscad, pertenecía a la insistencia en el pedir, es decir, en el orar. Otro evangelista nos dice: dará cosas buenas a los que se las pidan, las cuales pueden entenderse de muchas maneras, o corporales, o espirituales, sino que suprimió de allí lo nombrado en general y expresó con sumo cuidado y determinantemente lo que el Señor quiso que le pidiésemos con insistencia y con ardor, diciendo: ¡Cuánto más dará vuestro Padre celestial el Espíritu bueno a los que se lo piden! (Lc. 11, 13). Este es aquel Espíritu por el que se difunde la caridad en nuestros corazones para que, amando a Dios y al prójimo, cumplamos los mandamientos divinos. Este es aquel Espíritu en el que clamamos: ¡Abba, Pater!, y, por lo mismo, El nos hace pedir a quien deseamos recibir, El nos hace buscar al que deseamos encontrar, El nos hace llamar al que nos proponemos llegar (Enarraciones Sal. 131, 24).

 

Infalibilidad de la oración

55. La lectura del Santo Evangelio nos impulsa a orar y a creer y a no presumir de nosotros, sino'del Señor. ¿Qué mejor 324 SAN AGUSTIN exhortación a la oración que la de la parábola del juez inicuo? Un juez inicuo, que ni temía a Dios ni respetaba al hombre, escuchó, sin embargo, a una viuda que le importunaba, vencido por el hastío, no movido por la piedad. Si pues, escuchó quien no soportaba que se le suplicase, ¿cuánto mejor escuchará quien nos exhorta que oremos? Después de habernos persuadido el Señor de que conviene orar siempre y no desfallecer, añadió: ¿Creéis que cuando venga el Hijo del hombre hallaráfe sobre la tierra? Si flaquea la fe, la oración perece. ¿Quién hay que ore si no cree? Por esto, el bienaventurado Apóstol, exhortando a orar, decía: Cualquiera que invocare el nombre del Señor, será salvo. Y para mostrar que la fe es la fuente de la oración y que no puede fluir el río cuando se seca el manantial del agua, añadió: ¿Cómo van a invocar a Aquel en quien no creyeron? Creamos, pues, para poder orar. Ypara que no decaiga la fe mediante la cual oramos, oremos. De la fe fluye la oración; y la oración que fluye suplica firmeza para la misma fe. Para que la fe no decayese en medio de las tentaciones, dijo el Señor: Vigilad y orad para que no entréis en tentación. ¿Qué es entrar en tentación sino salirse de la fe? En tanto avanza la tentación en cuanto decae la fe, y en tanto desaparece la tentación en cuanto avanza la fe... Y el Señor añadió: Esta noche pidió Satanás ahecharos como trigo; mas yo he rogado por ti, para que tufe no decaiga. ¿Ruega quien defiende y no ruega quien se halla en peligro? (Sm. 115).

 

56. Hay en las palabras del ciego de nacimiento algo que inquieta bastante, y que hasta desespera a muchos si no sonbien entendidas. Dijo: "Nosotros sabemos que Dios no escucha a los pecadores" ¡Pobres de nosotros si Dios no escuchara a los pecadores! Si Dios no atendiera a los pecadores, ¿cómo osaríamos enviarle nuestras súplicas? Donde quiera que hay uno que le ruegue, habrá uno al que Dios escuche. Si los espirituales son oídos porque no son pecadores, ¿qué habrán de hacer los carnales? ¿Qué han de hacer? ¿Perecerán? ¿No deben rogar a Dios? ¡Ni pensarlo!  Ved al publicano que dijo: “Sé propicio conmigo, que soy pecador", ¿dijo verdad o dijo mentira? Si verdad, luego era pecador, y fue oído y fue justificado. Entonces, tú, ciego, a quien el Salvador devolvió la vista, ¿por qué dijiste: Sabemos que Dios desoye a los pecadores? Ya estás viendo cómo los oye. Así, pues, lava tu rostro interior, hágase en tu corazón lo que se hizo en tu cara, y veras que Dios oye a los pecadores. Eso tuyo fue una corazonada engañosa; no estás aún bien curado. Sucedió que le arrojaron de la Sinagoga; oyéndolo Jesús, le salió al encuentro y le dijo: -¿Crees tú en el Hijo de Dios, -¿Quién es, Señor, respondió el hombre, para que yo crea en el? -Veía y no veía; veía con los ojos pero aún no veía con el corazón. El Señor le dijo: "Le estás viendo, entiéndase con los ojos; el que habla contigo, ése es". Entonces, postrándose, le adoró. Acababa de lavarle el rostro del alma. Aplicaos, pues, joh, pecadores!, a la oración; confesad vuestros pecados; pedidle a Dios que se os borren; pedidle que vayan a menos; pedidle que mengüen según ávanzáis vosotros; pero, ante todo, no perdáis la esperanza, aunque seáis pecadores. ¿Quién no pecó? Empezad por los sacerdotes. A los sacerdotes se dijo: Ofreced primero sacrificios por vuestros pecados, y luego por el pueblo. Estos sacrificios argüían contra los sacerdotes, porque, aunque dijese alguno de ellos: "Yo soy justo, yo no tengo pecados", se le podría responder: "Déjate de palabras; lo que ofreces habla por ti: la víctima que tienes entre las manos denuncia lo que tú eres. ¿A qué ofreces sacrificios por los pecados si no tienes pecados? ¿Pretendes mentir a Dios?" Quizá alguno dirá: "Los de la ley antigua sí eran pecadores, pero los de la nueva no". Hermanos, por haberlo Dios querido así, yo soy sacerdote, y con vosotros me hiero el pecho, con vosotros pido perdón, y con vosotros usará Dios conmigo de misericordia. Hasta, incluso, los Apóstoles..., y no han de llevarlo a mal que lo digamos, pues ellos mismos lo confiesan, y por eso el Señor les ordenó decir: Perdónanos nuestras deudas, así como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden. ¿Qué dicen los Apóstoles? Todos los días piden que les perdonen sus deudas. Entran  deudores en la oración, salen absueltos, y vuelven de nuevo a la oración con deudas. Esta vida, pues, no está exenta de pecados, ya que se demanda perdón tantas veces como se ora. Hasta los Apóstoles tenían pecados: Si dijéramos no tenerpeсado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros. Pero, si confesamos nuestros pecados, fiel y justo es El para perdonarnos nuestros pecados y limpiarnos de toda iniquidad (1 Jn. 1, 8-9). Por consiguiente, orad (Serm. 135).

57. Si Dios no oyera a los pecadores, ¿habría esperanza para nosotros? Si Dios no los escucha, ¿para qué oramos y nos damos golpes de pecho en testimonio de nuestros pecados? Pecador era ciertamente el publicano..., el que confesaba sus pecados y salió justificado del templo... No hay que dudarlo: Dios oye a los pecadores (Serm. 136). Debemos orar con absoluta confianza y seguridad

58. La esperanza que nos ha dado y nos da aquel que no engaña cuando promete, es muy grande, pues dijo: Todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. Por consiguiente, hace falta la perseverancia para obtener lo que pedimos, encontrar lo que buscamos y hacer que nos abran cuando llamemos... Por eso dijo: ¿Hay por ventura alguno entre vosotros, que si un hijo le pide pan, le dé una piedra? ¿O que si le pide un pez, le dé una culebra? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará cosas buenas a los que se las pidan?... En consecuencia, ¿con cuánta confianza debemos esperar que Dios otorgará los bienes que le pedimos, pues no puede engañarnos dándonos una cosa por otra, puesto que hasta nosotros, que somos malos, sabemos dar aquello que se nos pide? Pues ni nosotros engañamos a nuestros hijos... (Serm. in Monte L. 2 с. 21).

59. Tal nos dice que era su oración quien cantaba este salmo, diciendo: Clamé con todo mi corazón; óyeme, Señor. Y declarando para qué aprovechaba su clamor, añade: buscaré tus justificaciones. Clamó a Dios con todo su corazón y deseó que le oyese en la búsqueda de sus justificaciones. Por tanto, se ora para buscar e indagar lo que se nos manda hacer. ¡Cuán distante está todavía el que busca! No es forzoso que el que busca encuentre, o el que encuentra que obre, aunque no se puede obrar sin hallar, ni hallar sin buscar. Pero el Señor dio gran esperanza, diciendo: Buscad y encontraréis (In Sal. 118 с. 29).

 

Dios se anticipa a nuestra oración

60. A veces se halla uno en medio de una tribulación o tentación y piensa orar; y reflexiona lo que va a decir a Dios, como hijo que por serlo solicita la misericordia del padre. Piensa en su corazón: "Diré a mi Dios esto y aquello, y creo que me escuchará y no cierre sus oídos". Pues, mientras piensa esto, ya le está oyendo, porque el mismo pensamiento no se oculta a los ojos de Dios. Cuando él se disponía a orar, estaba ya presente quien iba a escuchar su oración. Por eso se dice en el Salmo: Dije (en mi interior): declararé al Señor mi delito. Ved su propósito. Y al momentoto añadió: Y tú perdonaste la impiedad de mi corazón... Aún estaba disponiéndose a decir: Me levantaré, iré y le diré, y éste, conociendo su pensamiento, le sale al encuentro (Lc. 15, 18) (Serm. 112 А).

 

"No se niega el premio, pero se ejercita el deseo"

61. Ciertamente que muchas de las cosas que pedimos, aun cuando las pidamos en su nombre, es decir, en nombre del Salvador y según las normas de su magisterio, no las hace cuando las pedimos, pero las hace. Porque ni siquiera cuando pedimos que venga el reino de Dios lo hace en seguida, llevándonos a reinar con El en la eternidad: no nos niega lo que pedimos, sino que nos lo aplaza. Esto, no obstante, como buenos sembradores, no desfallezcamos en la oración, y a su debido tiempo haremos la cosecha. Y pidamos también, cuando pedimos con las debidas disposiciones, que no haga lo que no pedimos bien, pues a esto se refiere lo que pedimos en aquellas palabras de la oración  dominical: No nos dejes caer en la tentación (Mt. 6, 13). Porque no deja de ser grave tentación una petición que va en contra de tu salvación (in Ioan 73, 4). las en

62. ¿No veis repetirse esto cada día en la vida humana como dura e inexorable misericordia? ¡Cuántas cosas inconvenientes piden los enfermos a los médicos y cuántas les niegan los médicos por misericordia! Se las niegan por misericordia, pues el concedérselas es señal de crueldad. Esto lo sabe el médico; ¿puede ignorarlo Dios? Sabe tratarte así quien fue creado contigo, ¿y no sabe trataros a vosotros quien os creó a ambos! Amadísimos, en todas, absolutamente en todas las tribulaciones, todos los temores, en todos los gozos, rogad a Dios que en cosas temporales os conceda lo que El sabe que os conviene. En cuanto a las cosas eternas, como santificado sea tu nombre, venga tu reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo (Mt 6, 9-10), y cosas semejantes, pedidlas tranquilos, pues no pueden ser perjudiciales. Elegid, amad, recoged, pues El abre su mano y llena de bendiciones a toda alma. Y cuando se los das los recogen (Ps 144, 16), dijo. Que nadie dude de los bienes superiores; aunque se difieran, se darán; no se niega el premio, pero se ejercita deseo. Deseémoslo por largo tiempo, puesto que es algo grande lo que hemos de recibir. Tengamos sed de ello por mucho tiempo, pues beberemos de la fuente de la vida (sermo Morin 15, 8). 

63. El mismo que sabe lo que da y a quién lo da, oirá al que pide y abrirá al que llama. Y si, por ventura, no se lo concediese, nadie se crea abandonado. Porque a veces difiere sus dones, pero no deja a nadie en su ansiedad (in Ioan 87, 14).

64. Por eso, cuando pidas la vida eterna, cuando digas venga a nosotros tu reino (Mt 6, 10), en que vivas seguro, en que vivas siempre, en que nunca lamentes al amigo ni temas al enemigo; cuando eso pides, llora, derrama sangre interior, inmola a tu Dios tu corazón... ¡Oh, deseo! ¿Qué hombre osaría desear si Dios no se hubiese dignado prometer? Ora: gran cosa es la que oras, pero mayor es quien prometió. Difícil es lo  que prometió, a saber, que el hombre sea ángel; nada hay más difícil, pero todo es posible para Dios (Serm Morin 16, 7).

65. Luego digamos: Confié en el Señor (Ps 39, 2). Confié, no en cualquier hombre prometedor, el cual hubiera podido engañar y ser engañado; no en cualquier hombre consolador, que puede consumirse por su tristeza antes de reanimarme. ¿Me consolará el hermano hombre que está triste como yo? Gemimos a una, Iloramos a un tiempo, oramos juntos, mutuamente nos sostenemos. ¿A quién, pues, recurriremos si no es al Señor, que no anula las promesas, sino que las difiere? Sin duda las mostrará; las mostrará, porque ya manifestó muchas cosas, y en modo alguno debemos recelar de la veracidad de Dios, aunque todavía no hubiera manifestado nada. Creámoslo así; prometió muchas cosas, pero aún no ha dado nada. Es capaz prometedor fiel dador; tú sé únicamente piadoso cobrador, y aunque pequeño, aunque débil, exige misericordia (in Ps 39, 2). 

66. Si a veces tarda en dar, encarece sus dones, no los niega. La consecución de algo largamente esperado es más dulce; lo que se nos da de inmediato se envilece. Pide, busca, insiste. Pidiendo y buscando obtienes el crecimiento necesario para recibir el don. Dios te reserva lo que no te quiere dar de inmediato para que aprendas a desear vivamente las cosas grandes. Por tanto, conviene orar siempre y no desfallecer (Serm. 61, 5, 6).

67. El Señor me oirá cuando le invocare. Creo que aquí se nos amonesta a que imploremos el auxilio de Dios con gran fervor, es decir, con interno y espiritual amor; porque así como debemos congratularnos por la iluminación en esta vida, así debemos orar para conseguir el descanso después de ella. Por tanto, ya se hable del fiel que evangeliza, o ya del mismo Señor, de tal modo ha de entenderse como si dijera: El Señor os oirá cuando le invoquéis (Jn Sal. 4). Dios atiende siempre nuestras oraciones aunque no nos dé lo que le pedimos. El sabe lo que nos conviene y nos trata como el médico bueno y sabio, que no le da al enfermo sino lo que le hace bien; como Padre amoroso que nunca dará a su hijo lo que pueda hacerle daño aunque se lo pida llorando.

68. Muchas cosas nos concedes cuando oramos; mas cuanto bueno hemos recibido antes de que orásemos, de ti lo recibimos, y el que después lo hayamos conocido, de ti lo recibimos también (Conf X, 31, 45).

69. Pero no penséis y valoréis como algo grandioso el que uno sea escuchado cuando ora. Pregunta qué pide y qué petición le ha sido escuchada. No tengáis por cosa grande el ser escuchados en vuestra voluntad; considerad grande, en verdad, el ser escuchados en lo que es provechoso. También los demonios fueron escuchados en lo que querían... No consideréis, pues, como algo grande el que sea escuchada vuestra voluntad. Dios, a veces, te da airado lo que le pides, y otras veces, teniéndole propicio, te lo niega. Si le pedís lo que Dios alaba, lo que Dios manda, lo que Dios promete para el mundo futuro, pedidlo confiados y aplicaos cuanto podáis a la oración para conseguirlo. Tales cosas las concede Dios cuando le tenemos propicio; las concede no por ira, sino por misericordia. Cuando, en cambio, pedís cosas temporales, pedidlas con mesura y con temor; pedidle que os las dé si os conviene, y, si sabe que os dañan, que os las niegue. Qué daña y qué es provechoso, lo sabe el médico, no el enfermo (Serm 354, 7).

70. Muchos claman en la tribulación y no son oídos, pero en atención a la salud, no a su demencia..., a fin de que entienda el hombre que Dios es médico y la tribulación medicina para la salud, no castigo para perdición. Sometido a tratamiento, eres quemado, sajado, y gritas; pero el médico no atiende al deseo, sino a la salud (in Ps 21, s. 2, 4).

71. Mas distingamos los distintos modos que Dios tiene de escuchar. Vemos que unos fueron escuchados no según los deseos de su voluntad, pero sí en orden a la salvación; vemos, en  cambio, que otros fueron escuchados conforme a los deseos de su voluntad, mas no en orden a su salvación. Distinguid bien esto; grabad en vuestra memoria el ejemplo de aquel que no fue oído en cuanto al querer, pero sí respecto a su salvación. Oye al apóstol Pablo, porque Dios le manifestó que había sido escuchado en cuanto a la salud: Te basta mi gracia, le dice, porque la fortaleza se prueba en la flaqueza (2 Cor 12, 9). Pediste, clamaste, tres veces clamaste; lo que pediste una vez, lo oí, no aparté mis oídos de ti; conocí qué debía hacer. Tú quieres quitar la medicina con que eres cauterizado, yo conocí la enfermedad que padecías. Luego éste fue escuchado atendiendo a su salud, no a su voluntad; no fue escuchado según los deseos de su voluntad (in Ep Ioan ad Parthos 6, 7).

72. No digas: no me dio esto o aquello. Entra en tu conciencia; sondea, interroga, no la perdones. Si verdaderamente invocaste a Dios, estate seguro que quizá no te dio lo temporal que querías porque no te había de aprovechar. Hermanos, se cimente vuestro corazón, el corazón fiel, el corazón cristiano, en esto. No os entristezcáis indignándoos contra Dios como si hubierais sido defraudados en vuestros deseos; pues no conviene dar coces contra el aguijón. Compulsad la Escritura. El diablo es oído, y no el Apóstol. ¿Que os parece?... ¿Cómo fue oído el diablo, Pidió tentar a Job, y obtuvo el permiso. ¿Cómo no fue escuchado el Apóstol? Para que no me ensorberbeciese, dice, con la sublimidad de las revelaciones, se me dio el aguijón de mi carne, ángel de Satanás, que me afofetee; por lo cual tres veces rogué al Señor para que lo apartase de mí, y me dijo: te basta mi gracia, porque la virtud se perfecciona en la flaqueza (2 Cor 12, 7-9). Oyó al que se disponía a condenarle, y no oyó al que quería sanarle. También el enfermo pide muchas cosas al médico, lo que el médico no le concede. No le oye en cuanto a su querer para oírle en atención a la salud. Luego constituye a Dios por tu médico, y pídele la salud, y El será tu salud: no como si El fuese ajeno a la salud, siendo El mismo la salud. Por otra parte, no ames otra salud fuera de a El mismo, al estilo como se consigna en el salmo: Di a mi alma: Yo soy tu salud (Ps 34, 3). Por lo demás, ¿a ti que te importa lo que acontezca, qué te importa lo que te diga para entregársete? ¿Quiéres que se te entrege? ¿Y si lo que quieres tener, no quiere El que lo tengas con el fin de entregársete El mismo? El aparta los obstáculos para entrar enti... ¿A quién prometió Dios algo y le engañó? (in Ps 85, 9).

73. ¿Pediste y no se te concedió lo que solicitabas? Cree que si te hubiese convenido te lo hubiera dado el Padre, ponte tú como ejemplo: Si tu hijo se pasa el día llorando påra que le des el cuchillo, esto es, la espada; te niegas a dársela y no se la das aunque llore, para no tener que llorarlo al verlo morir. Aunque llore, aunque se aflija y aunque se golpee para que lo subas al caballo, tú no lo subes, porque no puede dominarlo y echándolo al suelo puede matarlo. A quien le niegas una parte, le reservas la totalidad. Y para que crezca y para que luego lo posea todo sin peligro, le niegas esa cosa pequeña peligrosa. Por tanto, hermanos, os decimos que oréis cuanto podáis. Abundanlos males, y Dios lo quiso así. ¡Ojalá no abundaran los malos y no abundarían los males! Dicen los hombres: "Malos tiempos, tiempos fatigosos". Vivamos bien y serán buenos los tiempos. Los tiempos somos nosotros; tal cual seamos nosotros, así serán los tiempos. Pero, ¿qué hacemos? ¿No podemos convertir a una vida recta a la muchedumbre de los hombres? Vivan bien los pocos que me oyen; los pocos que viven bien soporten a los muchos que viven mal... ¿Por qué nos entristecemos y encausamos a Dios? Si en este mundo abundan los males es para que no lo amemos. Grandes varones, fieles santos despreciaron un mundo hermoso, y nosotros, ¿no seremos capaces de despreciarlo ni aun siendo feo? ¡El mundo es malo y se le ama como si fuera bueno!... El mundo es malo por que lo constituyen los hombres malos; y puesto que no podemos carecer de hombres malos, gimamos a nuestro Dios mientras vivimos y soportemos los males hasta llegar a los bienes. Nada reprochemos al Padre de familia, pues es cariñoso. EI es quien nos soporta, no nosotros a El. Sabe cómo gobernar lo que hizo. Hagamos lo que mandó, y esperemos los que prometió (Serm. 80).

74. ¿Pensáis, hermanos, que no sabe Dios lo que os es necesario? Lo sabe, y hasta se adelanta a nuestros deseos. El que conoce nuestra pobreza. Por eso, al enseñar la oración y exhortar a sus discípulos a que en ella no hablen demasiado, les dijo: No empleéis muchas palabras, pues sabe vuestro Padre celestial lo que os es necesario antes de que se lo pidáis (Mt. 6, 7)... Pues si sabe nuestro Padre lo que necesitamos, ¿para qué las palabras, aunque sean pocas? ¿Qué motivo hay para orar, si ya sabe lo que necesitamos? Dice alguien: "no me pidas más; sé lo que necesitas". Pues si lo sabes, Señor, ¿para qué pedir? No quieres que mi súplica sea larga; más aún, quieres que sea mínima. ¿Y cómo combinarlo con aquello que dice en otro lugar: Pedid y se os dará..., buscad y hallaréis..., llamad y se os abrirá? Con